Acabó el verano en el calendario aunque no sobrevuelen sobre nuestros armarios ni sobre nuestras secas cabezas ninguna hoja de otoño ni gotas de lluvia.

Acabó el verano, pero aún resuenan en las cabeza las  palabras de algunos de los cursos de verano que tanto han proliferado a lo largo y ancho de este país durante estos últimos años. Ya sean en universidades públicas o privadas, los cursos de verano son como las nuevas setas de la temporada estival, y se han convertido al estío lo que la barbacoa para el campo, o lo que el bañador y la sombrilla a la playa, más o menos, en imprescindibles. Pero ya sabemos que cosas realmente imprescindibles, salvo la luz y el oxígeno, no hay realmente muchas. Por ello, entre tanta parole, algunas palabras permanecen, como las cigüeñas que re resisten a abandonar los nidos debido a la ausencia del frío, y otras palabras sobrevuelan la costa para no regresar. Como ciertas pateras en días de levante.

No por ello, por permancer, ciertas ideas, han de ser un huésped cómodo. Hay ideas que te persiguen y, si te incomodan, no es tanto por la disonancia que puedas tener con ellas, sino por el debate interno que te obligan a abrir. Hay opiniones que te resistes a compartir pero, a pesar de ello, te tienden una mano para atraerte a ellas de manera sutil y sibilina. Son teorías indecentes, pero pegajosas. Estorban, pero permanecen.

 Durante el pasado mes de julio, en los Cursos de Verano de la UNIA (Universidad Internacional de Andalucía), escuché de boca del catedrático de Psicología Social en la Universidad Complutense, Florencio Jiménez Burillo que " lo que nosotros en occidente conocemos como amor no es más que un invento cultural". No es que no duerma desde entonces, pero me ha obligado a plantearme mi romanticismo con mayor escepticismo aún, si cabe. Un mayor cinismo añadido al nihilismo al que te obligan los naufragios después de ciertas edades.

Para defender su teorema, el autor explica que a lo largo de los tiempos el amor ha sido una lucha entre hombres y mujeres y hasta no hace mucho, y gracias a la visión aristotélica -y posteriormente al enfoque cristiano- el género masculino siempre se había visto favorecido en esta eterna guerra. Según él, esa disputa ahora está en una de sus batallas más encarnecidas, ya que "los divorcios, los casos de maltrato... todo eso es una señal de la lucha". Aunque Jiménez Burillo predice que, "en esta ocasión, el vencedor no va a ser, precisamente, el género masculino".La píldora del día después, la independencia económica y otros muchos factores han hecho que la mujer tenga la posibilidad de tomar sus propias decisiones en todos los ámbitos, incluido el sexual. Por eso, el género femenino está ahora en disposición de subyugar al masculino. "El triunfo de la mujer relegará a los hombres a un segundo plano". (Que conste que esta idea, me pone de muy buen humor). No obstante, el objetivo de su ponencia Una mirada darwiniana del amor es, según el propio Jiménez Burillo,"admitir que lo que nosotros en occidente conocemos como amor no es más que un invento cultural.

Si partimos de esta premisa, una duda me planteo en primer lugar¿a quién se refiere con nosotros?: ¿a los occidentales blancos europeos, a los occidentales europeos emigrantes, a los occidentales sudamericanos,a los occidentales afroamericanos?. ¿Todos diferimos en nuestra forma de sentir?. ¿Y con los orientales: no compartimos la misma percepción del amor?.

Y dos, si el amor es un invento: ¿el desamor, también lo es?. Si el amor equivale a un acerado, al asfaltado de una carretera, a un Big Mac, a una Whooper, a la edificación de un rascacielos en la ciudad: ¿tan mal hemos planteado sus daños colaterales?.

Lo cierto es que las aceras se tienen que volver a hacer año tras año, la Big Mac y la Whooper engordan y saturan las arterias, y los rascacielos acaban cayendo como castillos de naipes tras el choque de un avión. Incluso si los ataques suicidas son inventos culturales, ¿qué son los corazones rotos al lado de ésto?... pecata minuta... Quizá por eso también inventamos las tiritas. Pero hay ciertas hemorragias que no se paran con apósitos.

¿Es el amor lo mismo que el fuego, la rueda, el molino, un grifo, una ventana, un pomo, un Donut, un pos-it, una fregona, el Guggenheim?... ¿O es quizá el invento que se ha sacado un mago de la chistera?. ¿Equivale el amor a una liebre, a un huevo duro, sacados de una chistera, equivale al truco de un prestidigitador?.

En este caso: ¿no subyace y sobreyace algo más por encima y por debajo de esa chistera?... ¿La liebre sale de la nada, o se encuentra debajo de la mesa?. ¿La flor que saca un mago, no está debajo de la manga?.... Truco, invención, realidad... ¿no subyace una ilusión, aunque sólo sea una ilusión,o incluso aunque sólo sea una apariencia de  ilusión, la de amar y ser amados por encima y debajo de todas las cosas?. ¿No existe previamente la liebre a la chistera?: ¿no existiría el amor previamente a su invención?...

 ¿Necesita ser inventado el amor precisamente porque hay una necesidad de inventarlo?.... ¿No se inventa, específicamente, lo que se necesita?... con lo cual: ¿no existe una noción previa del objeto a construir?. ¿O aquí, el único problema  - reduccionista, o evolucionista-  es que Darwin y los occidentales, estamos mal follados?.

(Perdonad lo sesudo del texto. Y el dúo que acompaña al texto: es de esas canciones incómodas que luego permanecen)