"¿Quién sabe qué seremos?. Que existimos es un rumor en que creemos cada vez que nos acordamos de haber sido niños. Pero al punto sopla un viento grande y pasa por nosotros como en otoño el viento por toneles vacíos" (Rilke)

 

Dice un viejo proverbio chino - y si no lo dice, lo digo yo, y no por viejo, ni por chino - que en el primer movimiento de cualquier partida de ajedrez, ya está decidido el resultado de la jugada. Depende de quién haya sacado en primer lugar, la figura que haya elegido, el movimiento escogido, la estrategia trazada, cómo haya parpadeado las pestañas, porqué meridiano había salido el sol esa mañana... ninguno de los dos sabrán cuándo o cómo acabará la partida. Pero el tablero, mudo testigo, ya sí lo sabe.

Así la vida. Así las relaciones.

Cuando algo comienza (ay!, cuando algo comienza...): escuadra y cartabón. Cuando alguien llega a nuestras vidas, y creeemos que sabemos que está llegando y se aproxima alguien que puede dejar huella, e incluso aspiramos a que permanezca, hacemos todos los esfuerzos posibles por medir las distancias, los tiempos, las aproximaciones, los alejamientos. Somos incapaces de dejar nada  a la improvisación. Todo ha de estar cuidado, y calculado: al fin y la cabo, la química entre dos personas, sean ya pareja o no, exige las técnicas de estrategia más sofisticadas de la vida. Las relaciones personales son el campo más minado, en el que más se pisa todos los días, en el que aparecen más mutilados.

 Ese sms que no se sabe cuándo mandar, esa respuesta que  no llega, esa llamada que no sabes con qué palabra empezar, ese perfume que ya no usabas, esa ropa que ahora combinas, la costumbre olvidada de cambiar las sábanas con mayor periodicidad y echarles Nenuco el día de la muda... Y se va quedando, se va compartiendo. Se va haciendo camino al charlar, al fornicar.

Ese tono de voz que no acabas encajando, esa manera de mirar que al final nunca llegó a resultarte familiar, ese sábado que sustituyes por amigos, esa caricia que no llega al rincón adecuado, esa saliva no del todo dulce ni salada, ese cine que empiezas a evitar, esa invitación al teatro que prefieres que nunca llegue, esa ida al gimnasio en vez del polvo de antaño, esa imposición que no te excita, esa postura que no es la tuya.  Esa posición del contrario que no te arrebata... ¿Estaba ahí todo eso cuando pareció que el mundo se iluminaba de nuevo?.

 

Cuando algo acaba (ay!, cuando algo acaba...): escoba y recogedor. Y ya es hora de contar el nuevo naufragio sin cofre del tesoro, ni moneda de oro que morder con los dientes.  De recoger las migajas si es que alguna vez se compartió el trozo de pan, de limpiar la miel y la hiel sobre el mantel. De echar agua limpia sobre la escaleras. De no olvidar la lejía, y no perder la costumbre del Nenuco.

Cuando se fija la atención en una relación para estimar las diferencias y semejanzas, con uno mismo, con el antecesor: ¿estaba todo preconfigurado para ir de culo y cuesta abajo sin frenos? .¿Existían las comparaciones cuando se movió la primera ficha?. ¿Se preveía en la primera mirada que en la balanza de los resultados pesaría más el platillo de las expectativas que el de las cuentas satisfechas?.

¿Qué indicios o señales hemos de captar en ese primer instante para saber cómo será ése último momento?. ¿Hemos de presagiar para comenzar?. O, simplemente, prever y esperar a que suceda lo ya sucedido...

Las personas que trabajan la tierra, las personas que trabajan la mar -los agricultores, los pescadores -, sólo con oler la tierra, sólo con mirar la mar, ya saben cómo será el verano, cómo será el invierno.

¿Estamos definitivamente castrados los peces de ciudad?.

 

Queridos amigos y confidentes: Feliz comienzo de curso. Feliz septiembre