Alerta - Amaral

 Una despedida breve, rápida, certera. Sin demora, porque no hay tiempo. Siempre hacia adelante, porque la parada es más dura que el propio camino. Sin mirar atrás, pero pronunciando las palabras fuertes, que se dicen con la mano en el pecho. Adiós, te quiero, cuídate. Y el portazo del ascensor.

 Una despedida que huele a costumbre, y que se debate entre el cansancio de despedidas sucesivas, y la necesidad de no poder pararse en el mismo sitio. Un dolor que se disimula, se traga, un dolor que se pasta en la saliva y se rumia desde mucho tiempo atrás. Una nostalgia honda, una añoranza con raíces afianzadas en los sucesivos adioses. Adiós. Y ha cerrado ya la puerta del portal.

 El abrazo breve pero fuerte. El beso ligero, pero fresco. La última mirada, de soslayo, pero con una sonrisa. Y al cerrar la puerta todo queda igual. El mismo abandono, las misma faltas de ganas, la única posibilidad de seguir hacia adelante. La cama que espera, para hundirse en ella, la vida, esa vieja amiga de costumbres, que le hace levantarse para recordarle que la parada siempre es más dura que el camino.

 Esta vez intenta ponerle otro color a la tristeza. Pero sabe a lo de siempre. A levantarse rápido, y mirar adelante, siempre adelante.

Y es que tiene peor prensa el que se para a descansar que el que se levanta rápido. Pero nadie le pregunta si tiene ganas de continuar o, simplemente, parar por siempre, no seguir huyendo hacia adelante.

 (A los desheredados. A los despatriados. A los exiliados: sin causas, con causas ajenas o propias, razonadas, o sin razonar. A mi hermana. Del alma)