- ¿Ha conocido ya al amor de su vida? - le preguntó la presentadora de televisón durante una entrevista de presentación de su nuevo libro.

Y él sonrió, melancólicamente, con una sonrisa nostálgica, de aquellas propias de haber tirado una piedra al estanque de los recuerdos, una sonrisa interior, lánguida, como las reverberaciones de una china tirada a un lago. Y recordó. Y entonces tuvo ganas de llorar. Pero siguió recordando.

Recordó que, quizás, había conocido demasiado pronto, demasiado joven, al que él consideraba, sin equívocos, el amor de su vida. Demasido inexpertos para no malograrlo, demasido ingenuos para no saturarlo, agotarlo, desentenderse de él, demasido ignorantes de lo que tenían entre las manos. Y demasido viejo para saber que, efectivamente, no se había equivocado en la certeza de que, aquél, era el amor de su vida.

Porque, y por eso lo sabía, una vez superados el dolor, la separación, el trauma de los sueños rotos, los jarrones derramados, la quiebra de los cuentos sin final feliz - una vez superado todo aquello - nunca había buscado al mismo rostro en otras caras. Quizá, ni siquiera había buscado. Había encontrado otras personas, diferentes entre sí, diferentes al otro amor, que por unas cosas le habían gustado, y por otras nunca le habían llegado a conquistar.

Pero cierto es que nunca se había vuelto a encontrar la misma sonrisa limpia, transparente, aquella sonrisa que no quería transmitir más que eso, risa, contagio, alegría. Una sonrisa que se anticipaba a todas, que permanecía - aún acabada - después de todas. Ni tampoco había vuelto a encontrarse los mismos ojos aguamarina, esa mirada azul, depurada por el dolor y el sufrimiento. Ni tan siquiera encontró la misma cara surcada por pesares, aunque se mantenía joven, radiante, brillante, con luz propia, gracias a unas tristezas que habían horadado en su fino cabello rubio entradas y claros, pero que no le habían colocado canas, porque su alma no entendía de edades. No. No se había vuelto a encender un flexo en la cabeza de nadie a quien mirase. Ninguna farola había vuelto a alumbrar ninguna cabeza nuevamente acariciada.

Recordó, también, que cada vez que se encontraban, si continuaban solteros, ellos ya no se esforzaban en no hacer uso de un amor imperecedero, incaduco; no evitaban la tarea de los amantes inacabados, que son aquellos que todavía no han terminado de hacerse y, que precisamente por esto, no tienen más espacio y tiempo que el fugaz, el breve, el casual, el espontáneo, porque el tiempo en que se creían eternos - ¡ay, ese tiempo! - había acabado antes. Mucho antes.

- No. No creo en las medias naranjas - Y prosiguió la entrevista tranquilamente.