eso (con omara portuondo) - Alejandro Sanz

(Todos los días se olvida. Todos los días se muere - Melocotones Helados, Espido Freire)


Todos los días deberíamos abrazarnos a un árbol. Para sentirnos en comunión con nosotros mismos mientras percibimos cómo nos absorbe nuestra energía y nos la devuelve transfomada a través de su propia sabia . Claro, que a nadie se le ocurre abrazarse a un árbol, ni en plena vía, ni en un lugar apartado, aún lejos de las miradas curisosas.

Todos los días deberíamos deternos en la sonrisa de un niño, y, si bien, no sólo sentirnos complices de ella, usarla a modo de espejo y recordar que esa misma sonrisa permanece en nosotros, eterna, para siempre, esperando a que le demos cuerda de nuevo. Porque algún día reímos de la misma manera, y no nos detenemos a escuchar ese eco. Esperando a que le demos cuerda... cuánto tiempo ha de esperar?.

Casi a diario deberíamos recordar alguna que otra llamada de auxilio de una amistad desatendida. Ese café pendiente. Esa canción que aparece en nuestra cabeza hace días y no buscamos el tiempo de darle al play. El libro olvidado en la mesita de noche que no sabemos ni por cuál página íbamos. Ni qué capítulo, ni por dónde transcurría la historia.

Casi todos los días vamos olvidando aquel familiar al que hace mil vidas que no llamamos. Aquel jersey que tantó gustó de comprar, y ya no recuerdas que habita en tu armario. Ese tomate que compraste, fresco, jugoso, para comerte ese día, y quedó putrefacto en la nevera. El artículo que llevas hace días queriendo actualizar en el blog, y no alcanzas a ver el momento de encender el ordenador. El canario, al que le falta agua y alpiste. Las plantas, que ya sólo riega la lluvia de este otoño invernal. Tu abuela, tu madre, tu hermana, tu primo, ¿cuánto tiempo hace que no les pasas la mano por la cara?. ¿Desde cuándo no besas la mano desatendida?. Ni ofreces la tuya...

Una vez al mes deberíamos acercarnos al campo, y al menos tres veces al mar. Aún más, no debería pasar un día sin que escuhásemos el graznido de una gaviota. A que un golpe de viento, alguna ola, nos recomponga el gesto. Y así, día, tras día, vamos viviendo, sobreviviendo, viviendo. Sedimentando. Y esa semilla que germinó un día, ese afecto, ese abrazo, ya no resulta tan importante, tan trascendente como pareció en su momento. Al amor se le olvida el amor, qué paradójico. Te acostumbras a la ausencia, al olvido y esa primavera tiene una esquina rota (Benedetti), y ya no pasas por ella. Se me olvidó que te quería, se te olvidó que me querías. ¿Y entonces, por qué este recoveco, por qué este pozo sin fondo que no deja de pedir el cubo de agua que no se le echa?, ¿qué no hemos recordado, qué no hemos cuidado, qué se ha desatendido, qué paso se ha saltado?.

¿Por qué no se cuida, exactamente, todos los días, el oro del corazón?