Everybodys Talkin - Harry Nilsson

Hacía mil vidas que Joan no tocaba esa canción, pero de alguna forma, esa canción era la banda sonora de su vida. Podía creer que no pensaba en ella, que no la tatareaba, podía auto engañarse diciéndose que no ponía ese viejo disco desde todas esas remotas vidas, que quedaban tan antiguas, tan añejas ya... Pero esas notas, esos acordes, sonaban en todo lo que hacía. Desde lavar un plato, hasta hacerle el amor a alguien, pasando por sacar al perro, o por dejar a sus amantes abandonadas en la cuneta... una, y sólo una, era la canción que vertebraba el guión de toda su vida.

"Siempre tenemos sobre nosotros la mirada imaginaria de alguien. Lo hacemos todo para ese alguien que nunca queda suficientemente satisfecho con lo que le entregamos. Si esa persona a quien dedicamos todo lo que hacemos dejara de mirarnos, renunciaríamos a seguir adelante, creo que hasta la persona más individualista, la que más trabaja en apariencia para sí, necesita la mirada aprobatoria de otro"

Media melena castaña, desaliñada, pero sólo en su punto justo, unos sempiternos vaqueros gastados, botas, camiseta de tirantes blanca, chupa de cuero cuando venía el frío, y siempre la guitarra a cuestas... costaba verlo sonreír, pero, cuando lo hacía, era como si despertase de un letargo interior, como si su sonrisa no se hubiese asomado nunca al mundo, y fuese la primera vez que echaba a andar esa pequeña y frágil criatura llamada risa. Su seriedad, aunque rígida, parecía obedecer a una especie de oración interior, y permanente, en la que siempre se encontraba inmerso, bien porque se debía a su rezo, bien porque escondía alguna especie de secreto. Reservado, hasta rozar el mutismo, y sin embargo, confiado hasta límites insospechados cuando se entregaba a alguien... nadie acertaba nunca a desvelar la fórmula secreta de Joan. Pero una cosa era segura: todo lo que hacía, respondía a una armonía. Ni una mirada, ni un gesto, nada en él, aún siendo improvisado, estaba fuera de sitio o tono... las reglas de su vida, obedecían a un perfecto pentagrama, cuya composición, nadie adivinaba.

"A veces fantaseaba con la idea de triunfar en esto o en lo otro, y en el momento del éxito cuando miraba alrededor, no te rías, él estaba allí, entre la gente. - Quizá - añadió, - no he crecido bastante -, - tal vez para crecer necesitas imaginar que te mira otra persona -, apostillé.

¿Quién te imaginas tú que te mira en los momentos más importantes de tu vida?".

Joan se acostumbró, a edad temprana, a tocar el cuerpo de las mujeres con una sensibilidad inusitada. Siempre le resultó natural poseer el cuerpo de las que se le ofrecían, de igual forma que nunca quiso doblegar la voluntad de las que se le resistían. No estaba acostumbrado a forzar nada. Se enfrentaba a ellas como quien se enfrenta al mismo examen, una y otra vez, pero sin recordar si la lección que le están preguntando es la del examen anterior. Por ello, se ufanaba en encontrar el punto exacto, el movimiento concreto, el gesto nítido, la palabra correcta, el sentido adecuado, el sentimiento propicio. Como un niño que mordisquea el capuchón del bolígrafo, que se rasca el lóbulo de la oreja o que se muerde la lengua con la que se ensaliva el labio superior mientras trata de averiguar la solución del enigma... Las personas en sus manos eran instrumentos que, sonasen más o menos afinados, acostumbraban a quedar explorados, como nadie nunca les había sondeado anteriormente. Si deseabas repetir, para entonces, Joan ya había desaparecido.

Porque en la canción de Joan, la cual ya no tocaba, no escuchaba, no ponía, no recordaba -bastante tenía con tener la letra tatuada sobre la piel y la melodía corriendo viscosamente por su sangre - sólo se pronunciaba un nombre. Sólo uno.

(Gracias a F.B., mi duende confesor, por susurrar el tema)