Madrid no ha sidolo mismo sin ti. Los lugares que frecuentábamos, han adquirido una tonalidad diferente, amarillo ocre, como si los viese a través de una hoja caída. Las taxis, los bufetes del desayuno, Gran Vía, la Castellana, funcionaban a medio gas. El ralentí que impone un compás de espera. El regreso en Atocha , indeseable.

Durante este tiempo tan particular, de espera, el amor me retó a no ser impaciente, a enfrentarme con mis dudas, con las del otro. Me retó a ser yo mismo sin la otra persona, a cambiar hábitos, costumbres, paisajes. Me desafió a pensar qué hacer con esa nueva, recién adquirida, libertad (aún sin saber si todavía es verdadera o falsa).

Durante este tiempo tan particular, la vida continúa. Se conocen sitios, personas, ambientes. La imaginación echa a volar; ¿nos esperan al final de esta etapa los hábitos de antes, o, definitivamente, lo que le sigue a esta pausa es lo que estoy viviendo ahora mismo?. Durante este tiempo de descanso, puede surgir la necesidad de experimentar, de romper. Pero a la mima vez, sentir que puedes estar traicionando un pacto mutuo, un acuerdo entre dos que, paradójicamente, caminan separados, durante este tiempo tan particular.

Durante este período, la incertidumbre se convierte en un cuchillo que araña todo lo que se hace, y el miedo, en una carga pesada que impide pensar con claridad, que pasa a ser la palabra menos clara del diccionario. Echar de menos suele ser el sentimiento más repetido, y la morriña se convierte en un flato intermitente que neblinea objetivos y torpedea la que ha de ser la principal meta: encontrarnos, de nuevo, a nosotros mismos.

Durante este tiempo tan particular, se puede llegar a comprender que seguir con la otra persona significa abandonarse a uno mismo. Nosotros no es la suma que uno busca, y el yo sale perdiendo en una resta conjunta…

O no. En ese caso, la historia no debiera haberse detenido en ningún instante, porque no se debe reanudar de nuevo lo que nunca hubo de detenerse.