Rocío era solemne por derecho propio. Es fácil, pues, caer en solemnidades al referirse a ella: la más grande, la mejor voz, la más voluptuosa, la más generosa, la más, la más, la más…pero ese era su destino, y así se lo forjó. Rocío Jurado nació con un pie en el Olimpo y otro en la calle. Mujer, matriarca, madre, esposa, en todos los campos era una más, pero siempre la más.

No es una solemnidad, sino una obviedad, decir que la voz de Rocío Jurado es patrimonio del pueblo. Rocío cantó por y para el pueblo. Es más, cantó como el pueblo: pesares, sombras, alegrías, dichas…lo que la gente necesitaba escuchar, lo que la gente quería escuchar, lo que el pueblo necesitaba expresar. Todos nos hemos ahogado un poco menos porque su garganta actuaba como un desagüe. Limpia, clara, fuerte; nada se quedaba dentro. Y como una bala: desde el pecho directa al pecho.

La voz de Rocío constituye mucho más que un legado: es un río de memoria histórica que nos arrastra y que nos transporta. Un caudal de notas y tronío que nos abarca a todos, ninguno fuera. Como su regazo.

Rocío sigue, como dijo Antonio Gala en vida de ella, sentada en las rodillas de la Virgen María. De las cuales nunca se levantó.

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