La primera vez, casual y fortuita, nada hacía presagiar nada. La segunda, totalmente casual y fortuita, algo hacía presagiar algo. La tercera -premeditada - mezcló a la corriente alterna y a la continua. El mundo ya había cambiado.

Porto la suavidad de tu piel en mis dedos. Todos los días. Conjuro al Alzheimer para que mis yemas olviden la curva entre tu espalda y tus piernas. Y es que posees ese tipo de olor corporal que pertenece a algún código genético ancestral que, más que despertar mis sentidos, los reconcilian. Como el bebé recuerda la leche materna.

Aún así he tenido que irme, marcharme, poner un mar de por medio. Eres de ese tipo de cosas que se pegan a los intestinos, y a la cabeza. No perteneces al dominio del corazón. No todavía. Te mueves en el terreno del estómago. Te agarras como una larva, que ya no puede soltarse. Tu recuerdo no sube, ni baja, no dominas los bajos instintos, ni descontrolas los pensamientos. Simplemente, cortas el hambre e incitas a la lujuria.

Perdona que no hayamos pasado a la antesala del conocimiento, pero la piel ya nos estaba chivando bastante. Mi corazón tiene contrato, socio, y, créeme, el corazón sí entiende de arredantarios. No puedo ofrecerte la libertad.

Te debo versos, palabras, miradas, esas que no han llegado a producirse, las intuidas pero no realizadas. Te debo tanta arena que llevo en los bolsillos que, de momento, mi muñeca sólo porta una pulsera hecha de motivos marinos. El reloj lo guardo para no esperar minutos. Cualquier reloj roto, en última instancia, siempre marca alguna vez la hora correcta. Te debo tanta cal que llevo en los bolsillos que, de momento, no te reprocho el haber aparecido. Gratitud, sólo gratitud.

Aunque, ¿a qué has venido?. ¿A romper cadenas, a otear horizontes, a desempolvar costumbres, a romper contratos, a salvar rutinas?. ¿Eres la cara B o vienes a afinar la canción rallada?. ¿Quién ha convocado tu presencia, y quién me obliga a murmurar tu asusencia?. ¿Perteneces al futuro, al pasado, o no perteneces?

Los días pasan. Tu espectro permanece. Has tenido la valentía de no llamar, y yo la cobardía de no romper mi promesa. ¿Vas a respetarla todo el tiempo?

Perdona. No sé si llegas a entenderme - (Explícame otra vez porqué he de marcharme... :"no controles tanto, fluye, las historias más bonitas son las que no estaban previstas...). El corazón sí entiende de arrendamientos. Y pocas veces de lúcidas certezas.