Hay pueblos que poseen puertos de mar. Sus gentes respiran humedad y sudan salitre. A veces, huelen a alquitrán. Los habitantes de puertos de mar poseen los ritmos del gorgoteo de las gaviotas, la velocidad de los días de tempestad y furia, la pausa de los días de calma chicha. Se forjan a base de despedidas y de reencuentros. Sus miradas se configuran afiladas a la vez que mansas, de tanto otear el horizonte. Sus caracteres, se forjan a base de paciencia y desesperación, por si acaso no llegase el patrón a casa. Sobre todo, se acostumbran al tránsito, al ir y venir de transeúntes. Nada les parece eterno. Se está de paso, como las corrientes marinas, como los peces de los caladeros, como los barcos atados a puerto y que un buen levante puede destrozar cualquier día. Sus manos, recias de hilvanar nudos de redes...

A esta playa no sé por qué le llaman la playa de los alemanes. En un país tan acostumbrado a las colonizaciones, debe ser que la descubrieron ellos por primera vez... No, creo que no. Más bien debe ser que, como siempre, los lugareños la vivían y los de fuera la edificaban. Pero ese, es otro cantar.

Allí tienen su casa ahora Pedro J. Ramírez, Paloma San Basilio, Imanol Arias, María Barranco... es fácil ver mansiones suntuosas en esa colina tipo Hollywood, y a cuyos pies el paraiso sólo ofrece unos pocos metros cuadrados de arena y mar. Pocos, pero suficientes para ser un edén terrenal, con vistas al Atlántico. El Estrecho ya queda varado más hacia Levante.

Frente a esta playa, cinco nuevos esqueletos han sucumbido a las redes que ellos mismos sacaron a faenar, porque faenar es el verbo, y no otro. Calaveras que pasan a formar parte de las corrientes, del lecho marino, de bancos de corales, que sabe dios hasta dónde los llevarán...El mar. La mar. Siempre la mar...