“Yo siempre he dicho que me gustaría dejar estela, no sólo en lo profesional, sino también en lo personal”. Y yo me perdí en tu metáfora.

Siempre imaginé las estelas de los barcos como rayas en el agua: no duran más que el breve segundo que se flota sobre el mar, ni siquiera la travesía entera. Pero tú te referías a otra estela, a la de la estrella fugaz - que no por breve, es menos intensa o luminosa, incluso en ocasiones cegadora - o a la estela de la genialidad, aquella que perdura por encima de los años, de los tiempos, de las épocas: “Para llegar a ser un genio, hay que trabajar mucho, no acomodarse, servir para ello, exigirse, mucho, querer ser el número uno”…

Y yo me puse a pensar en las miles de personas anónimas que dejan sus estelas a diario, en el puchero del mediodía, en el potaje de las lentejas, en la lección de matemáticas, en la rebeca de punto, en el papel de aluminio del bocadillo de las 12 de la mañana, en las sábanas recién tendidas, en el cuento de antes de dormir, en el beso de una despedida… “Ah, sí, ésas también, pero…”.

Y continué pensando, medio perdido, si cada uno de nosotros ha nacido para un tipo de estela diferente, si cada una de las colas que portamos como cometas refulgen con más o menos fuerza…si nosotros inyectamos el gas o el mechero ya nos viene dado…si el brillo que desprendemos depende de la cantidad de gente a la que se ilumine…

Continué pensando, hasta llegar al blog, a qué tipo de estela yo ambicionaba, si a la de baba de caracol o a la de estrella supernova.